Hay algo inexplicable que provoca la sugestión de nuestro deseo sexual. Algo que no responde a razones ni motivos, es pura subjetividad.

Puede ser una imagen. Una mirada. Un gesto. Puede ser un olor. Puede ser cualquier cosa que despierte recuerdos de momentos en los que te veías dominado por el deseo.

No sé muy bien si tiene alguna explicación lógica o científica. Pero sé reconocerlo cuando me pasa.

Lo despiertan las cosas más absurdas o inocentes. La prenda adecuada sobre el cuerpo adecuado. Un gesto que le hace una chica a su novio. Un anuncio de televisión. La fotografía erótica. Las luces y las sombras, las formas sugeridas y las curvas sin destino. El calor de lo cotidiano y la cercanía de lo conocido. La inmediatez de algo improvisado. Una sonrisa de mi novia.

Los sentidos a veces se duermen, pero el morbo siempre está alerta, dispuesto a ser despertado y a alimentar tu imaginación de pensamientos de deseo.

Me encanta sentirme indefenso ante las pequeñas sensaciones que despierta en mi.

El diccionario de la Lengua Española define el morbo como un interés malsano hacia personas o cosas, o como la atracción hacia sucesos desagradables.
No es precisamente de lo que estoy hablando.

Morbo, para mí, es lo que despierta tu lado salvaje y te hace convertirte en alguien hambriento de deseo. Es el animal que llevamos dentro tratando de salir para disfrutar de lo que le está prohibido.
Es lo que te lleva a masturbarte por primera vez. Lo que hace que te muerdas el labio mientras el calor se apodera de tus mejillas y la entrepierna se humedece...

Cualquier cosa puede desatarlo en el momento más insospechado.

Una imagen. Una mirada. Un gesto.
Dos desconocidos exhibiéndose para el disfrute general.
Unos labios carnosos.
Un generoso escote.
Una sonrisa de mi novia.

(Gracias a Belle et fou por descubrirme estas fotos que han inspirado esta particular entrada)